Go to ...




RSS Feed

October 21, 2017

Bertrand Russell – Por Qué No Soy Cristiano


Comparte:

Esta conferencia por Bertrand Russell titulada “El Por Qué No Soy Cristiano”, fue dada el domingo 6 de marzo de 1927 en el salón municipal de Battersea, Inglaterra, bajo los auspicios de la Sociedad Secular Nacional del sur de Londres. Fue tan popular que se imprimió en forma de libreta y se vendieron millones de copias.

Bertrand Arthur William Russell, OM, MRS (Tercer conde de Russell) (Trellech, 1872 – 1970), fue un filósofo, matemático, lógico y escritor británico ganador del Premio Nobel de Literatura y conocido por su influencia en la filosofía analítica, sus trabajos matemáticos y su activismo social.


Como les ha informado el moderador, el tema sobre el que hablaré esta noche es “El Por Qué No soy un Cristiano”. Tal vez sería mejor de primero, tratar de entender lo que significa la palabra “Cristiano”, ya que estos días, es usado con flojera por muchísimas personas. Para algunos, solo significa vivir una vida buena y en ese sentido, me imagino que hay “Cristianos” en todas las sectas y credos, pero no pienso que esa sea la correcta interpretación de la palabra, ya que eso implica que las personas que no son “Cristianos”; los Budistas, Confucianos, Musulmanes etc., no tratan de vivir una vida buena. No me refiero por “Cristiano”, a una persona que solo trata de vivir decentemente, conforme lo que piensa.


OPINIÓN © Traducción y Edición por J. Russell – Guatemala Chronicle, Agosto 01, 2017
Es permitido Citar/Copiar/Compartir esta publicación, siempre que incluya un enlace a esta página.


Me refiero con el término “Cristiano” a toda persona que procure vivir una vida decente según su propio criterio. Se debe tener un cierto número de creencias definidas antes de poder llamarse “Cristiano”, pero la palabra ya no tiene el significado preciso, como lo tenía en la época de San Agustín y Santo Tomás de Aquino.

En aquellos días, cuando un hombre decía que era “Cristiano” se sabía lo que quería decir; Aceptaba un conjunto completo de creencias establecidas con gran precisión, y creía en todas y cada una de las sílabas de ese credo con una convicción total.

¿Qué es un Cristiano?

Actualmente, el “cristianismo” ya no es así y debemos ser mucho más imprecisos cuando nos referirnos al “cristianismo”. Creo, sin embargo, que hay dos elementos diferentes que son esenciales para cualquiera que se considere un “Cristiano”. El primero es de naturaleza dogmática, específicamente, debe creer en Dios y en la inmortalidad. Si no cree en esas dos cosas no considero que pueda llamarse “Cristiano”. Además de eso, como el nombre “Cristiano” indica, debe tener algún tipo de creencia sobre Cristo y como mínimo, la creencia de que era, si no divino, al menos el mejor y el más sabio de los hombres. Si no se cree eso de Cristo, no creo que ninguno tenga el derecho de denominarse un “Cristiano”.

Por supuesto, hay otras definiciones, que se pueden encontrar en diccionarios, enciclopedias y libros de geografía, donde se dice que la población del mundo se divide entre Cristianos, musulmanes, budistas, idólatras y otros. Los libros nos incluyen a todos, pero ese es un sentido puramente geográfico que podemos ignorar.

Por lo tanto, considero que cuando les digo “el por qué no soy Cristiano” debo decirles dos cosas diferentes; “El por qué no creo en Dios ni en la inmortalidad” y “El por qué no creo que Cristo fuese el mejor y más sabio de los hombres”, aunque le otorgo un grado muy alto de bondad moral.

Aquí en el Reino Unido, creer en la “llama eterna del infierno” era un elemento esencial del credo Cristiano. Pero como sabemos, nuestra religión es establecida por ley parlamentaria y la necesidad de “creer en el infierno” dejó de ser un elemento esencial para el “Cristiano”, gracias a una decisión de los Lordes del Privy Council, a la que se opusieron los arzobispos de Canterbury y York, pero lograron su modificación y el “infierno dejo de ser algo necesario para los Cristianos”. Consecuentemente no insistiré en que “un Cristiano debe creer en el infierno”.

La existencia de Dios

Examinar la “existencia de Dios” es un tema enorme y si intentase examinarlo de modo adecuado debería retenerlos aquí hasta el fin del mundo, por lo que tendrán que disculparme si abordo el tema de manera esquemático.

Como sabemos, la Iglesia Católica ha establecido como dogma que la “existencia de Dios” puede ser probada mediante “la razón pura”. Este es un dogma algo curioso y dice lo siguiente; “Si alguno dijere que Dios, uno y verdadero, nuestro creador y Señor, no puede ser conocido con certeza a partir de las cosas que han sido hechas, con la luz natural de la razón humana: sea anatema, destinado a la condenación eterna y excluido de los sacramentos”.

Esta dogma fue necesaria, porque llegó el momento en el que los “librepensadores” adoptaron la costumbre de decir que habían tantos y tantos argumentos que “la mera razón alegaría contra la existencia de Dios”, pero por supuesto la Iglesia Católica sabía que por medio de la dogma y la fe, que Dios existía.

Los argumentos y las razones de los “librepensadores” fueron extensos y poderosos y la Iglesia Católica sentía que debía contrarrestarlos. Por lo tanto determinaron que la “existencia de Dios” podía ser “probada mediante la razón pura” y tuvieron que “establecer los argumentos” que según ellos lo demostraban. Tienen varios “argumentos” por supuesto, pero solo examinaré unos pocos.

Argumento cosmólogo, de la “primera causa”

El argumento más simple y fácil de comprender es el de la “primera causa” . Esta sostiene que todo lo que vemos en este mundo tiene una causa y a medida que retrocedemos más y más atrás en la cadena de causas, debemos llegar a una “primera causa” y a esa le damos el nombre de “Dios”.

Ese argumento hoy día, ya no tiene mucho peso. Los filósofos y los científicos han trabajado sobre el “concepto de causa” y este ya no tiene la vitalidad que tenía antes; pero, a parte de eso, pueden ver que el argumento de que debe haber una primera causa no puede tener ninguna validez.

Cuando era joven y reflexionaba con seriedad sobre estos temas, durante mucho tiempo acepté el argumento de la “primera causa”, hasta que un día, a los con 18 años de edad, leí la autobiografía de John Stuart Mill, y allí encontré esta frase: “mi padre me enseñó que la pregunta ¿quién me hizo? no tiene respuesta, dado que conduce inmediatamente a la siguiente pregunta ¿quién hizo a Dios?”.

Esa frase tan sencilla me enseñó, tal y como sigo pensando, la falacia en el argumento de la “primera causa”. Si todo debe tener una causa, entonces Dios debe tener una causa. Si puede haber algo sin causa, este algo puede ser tanto el mundo como Dios, por lo que no puede haber ninguna validez en ese argumento.

Es algo similar a la visión hinduista de que el mundo descansa sobre un elefante y el elefante sobre una tortuga; y cuando les preguntaron “¿y que pasa con la tortuga?” los indios dijeron ¿”y si cambiamos de tema”? El argumento realmente no es mejor que ese.

No hay ninguna razón por la cual el mundo no haya podido surgir sin alguna causa; ni, por otro lado, no hay ninguna razón por la cual no haya podido existir desde siempre. “No hay ninguna razón para suponer que el mundo haya tenido un principio”. La idea de que las cosas deben tener un principio, refleja la pobreza de nuestra imaginación. Por lo tanto, no necesito perder más tiempo sobre el argumento de la “primera causa”.

El argumento de la “ley natural”

Luego hay un argumento muy común derivado de la “ley natural”. Fue un argumento favorito durante el siglo XVIII, especialmente bajo la influencia de Sir Isaac Newton y su cosmogonía. La gente observó los planetas que giraban en torno del sol, de acuerdo con la ley de gravitación, y pensaron que “Dios había dado un mandato a aquellos planetas” para que se moviesen así y que lo hacían por aquella razón.

Esa era una explicación sencilla y conveniente que evitaba el buscar nuevas explicaciones de la ley de la gravedad, en la forma un poco más compleja, introducida por Einstein. No propongo dar una conferencia sobre la ley de la gravedad, de acuerdo con la interpretación de Einstein, porque eso también llevaría algún tiempo; sea como sea, ya no se trata de la “ley natural” del sistema newtoniano, donde, por alguna razón que nadie podía comprender, la naturaleza actuaba de modo uniforme.

Ahora sabemos que muchas cosas que considerábamos como leyes naturales son realmente convencionalismos humanos. Sabemos que incluso en las profundidades más remotas del espacio estelar el metro sigue teniendo cien centímetros. Eso es, sin duda, un hecho muy notable, pero no se le puede llamar una “ley natural”. Y muchísimas otras cosas que se han considerado como leyes de la naturaleza son de este tipo.

Por el contrario, cuando se tiene algún conocimiento de lo que los átomos hacen realmente, se ve que están menos sometidos a la ley de lo que la gente cree y que las leyes que se formulan no son más que promedios estadísticos, producto del azar.

Como sabemos, hay una ley según la cual en los dados sólo se obtiene el doble seis aproximadamente cada treinta y seis veces, y no consideramos eso como la prueba de que la caída de los dados esté regulada por un plan; por el contrario, si el doble seis saliera cada vez, pensaríamos que había un plan.

Las leyes de la naturaleza son así en gran parte de los casos. Hay promedios estadísticos que emergen de las leyes del azar; y esto hace que la idea de la “ley natural“ sea mucho menos impresionante de lo que era anteriormente. Y aparte de eso, el momentáneo estado de la ciencia, puede cambiar mañana, la idea de qué las “leyes naturales” implican la existencia de un legislador, se debe a la confusión entre las leyes naturales y las humanas.

Las leyes humanas son preceptos que le mandan a uno proceder de una manera determinada, preceptos que pueden obedecerse o no; pero las leyes naturales son una descripción de cómo ocurren realmente las cosas y, como son una mera descripción, no se puede argumentar que tiene que haber alguien que les dijo que actuasen así, porque, si afirmamos tal cosa, nos veríamos enfrentados con la pregunta «¿Por qué Dios hizo esas leyes naturales y no otras?»

Si se dice que Dios lo hizo por su propio gusto y sin ninguna razón, se hallaría entonces que hay algo que no está sometido a la ley, y por lo tanto el orden de la “ley natural” quedaría interrumpido. Si se dice, como hacen muchos teólogos ortodoxos, que, en todas las leyes divinas, “hay una razón de que sean ésas y no otras”, la razón, claro está, de crear el mejor universo posible, aunque al verlo uno no lo pensaría así; Si hubo alguna razón por la cual Dios dio leyes, entonces el mismo Dios estaría sometido a la ley; Por lo tanto, no hay ninguna ventaja en presentar a Dios como un “intermediario”. Al tener una ley exterior y anterior a los edictos divinos, Dios no nos sirve porque no es el último que dicta la ley.

En resumen, este argumento de la “ley natural” ya no tiene la fuerza que solía tener. Realizo cronológicamente mi examen de los argumentos usados en favor de la existencia de Dios y estos cambian de carácter con el tiempo. Al principio, eran duros argumentos intelectuales que representaban ciertas falacias completamente definidas. Al llegar a la época moderna, se han vuelto menos respetables intelectualmente y se han vuelto cada vez, una especie de moralidad imprecisa.

El “argumento del plan”

El paso siguiente nos lleva al “argumento del plan”. El “argumento del plan” que todos conocen, dice que todo en el mundo está hecho para que podamos vivir en él, y si el mundo variase un poco, no podríamos vivir.

A veces toma una forma curiosa; por ejemplo se argumentaba que los conejos tienen colas blancas con el fin de que se les pueda disparar más fácilmente. Es fácil parodiar este argumento. Todos conocemos la observación de Voltaire, de que la nariz estaba destinada a sostener las gafas. Esa clase de parodia no ha resultado tan desatinada como lo era en el siglo XIII, porque desde Darwin, entendemos mucho mejor por qué las criaturas vivas se adaptan al medio. No es que el medio les fuera adecuado, sino que ellas se adaptaron al medio, y esa es la base de la adaptación. No existe en ello, ningún indicio de plan.

Cuando se examina el “argumento del plan”, es asombroso que la gente pueda creer que este mundo, con todas las cosas que hay en él, con todos sus defectos, fuera lo mejor que la omnipotencia y la omnisciencia han logrado producir en millones de años. Yo, realmente no puedo creerlo. ¿Creen que, si tuvieran la omnipotencia y la omnisciencia millones de años para perfeccionar el mundo, no podría producir algo mejor que el Ku-Klux-Klan o los fascistas?

Además, si se aceptan las leyes ordinarias de la ciencia, hay que suponer que la vida humana y la vida en general de este planeta desaparecerán a su debido tiempo: Esta es una fase de la decadencia del sistema solar; En una cierta fase de decadencia, se tienen las condiciones y las temperaturas adecuadas del protoplasma, y durante un corto período hay vida en la vida del sistema solar. La luna es el ejemplo de lo que le va a pasar a la tierra; se va a convertir en algo muerto, frío y sin vida.

Me dicen que este criterio es deprimente, y que si la gente lo creyese no tendrían ánimo para seguir viviendo. Eso es una tontería. Nadie se preocupa por lo que va a ocurrir dentro de millones de años. Aunque crean estar preocupando por ello, en realidad se engañan a sí mismos. La humanidad se preocupa por cosas mucho más mundanas, aunque sólo sea su mala digestión; pero nadie se deprime verdaderamente, por lo que le va a ocurrir a este mundo dentro de millones de años.

Por lo tanto, aunque es triste saber que la vida va a desaparecer “al menos, se puede pensar así, aunque, a veces, cuando contemplo las cosas que hace la gente con su vida, es casi un consuelo”, no es lo suficiente para que la vida sea miserable. Sólo hace que la atención se vuelva hacia otras cosas.

Los argumentos morales de la deidad

Ahora llegamos a una fase más allá, que llamaré la “incursión intelectual” que los teístas han hecho en sus argumentos y nos vemos ante los llamados “argumentos morales de la existencia de Dios”.

Antiguamente, solía habían tres argumentos intelectuales por la existencia de Dios, los cuales fueron suprimidos por Kant en la Critica de la Razón Pura; pero apenas había terminado con estos argumentos cuando encontró otro nuevo, un argumento moral, que lo convenció. Kant era como muchas personas: en las materias intelectuales era escéptico, pero en las morales creía implícitamente en las máximas que su madre le había enseñado. Eso ilustra lo que los psicoanalistas tanto resaltan: la fuerza inmensamente mayor que tienen en nosotros las primeras asociaciones, sobre las posteriores.

Kant inventó un nuevo argumento moral sobre la existencia de Dios, el cual en diversas formas fue extremadamente popular durante el siglo XIX. Tiene toda clase de formas. Una de ellas es decir que no existería el bien, ni el mal, si Dios no existiera. Por el momento no me importa el que haya o no una diferencia entre el bien o el mal: esa es otra cuestión.

Lo que me importa es que, si se está plenamente convencido de que hay una diferencia entre el bien y el mal entonces uno se encuentra en esta situación: ¿esa diferencia se debe o no al mandato de Dios? Si se debe al mandato de Dios, entonces para Dios no hay diferencia entre el bien y el mal y ya no tiene significado la afirmación de que Dios es bueno.

Si se dice, como hacen los teólogos, que “Dios es bueno”, entonces hay que decir que el bien y el mal deben tener un “significado independiente” del mandato de Dios, porque los mandatos de Dios son buenos y no malos, independientemente del mero hecho de que Él los hiciera. Si se dice eso, entonces hay que decir que el bien y el mal no se hicieron por Dios, sino que son en esencia lógicamente anteriores a Dios.

Se puede decir, si se quiere, que hubo una deidad superior que dio órdenes al Dios que hizo este mundo, o, para seguir el criterio de algunos gnósticos, un criterio que he considerado muy aceptable, que en realidad, “el mundo que conocemos fue creado por el demonio, durante un descuido momentario por Dios”. Hay mucho que decir en cuanto a esto, y no pienso refutarlo.

El argumento del remedio de la injusticia

Luego tenemos otro argumento moral que es muy curioso: Se dice que la existencia de Dios es necesaria para traer la justicia al mundo. En la parte del universo que conocemos hay gran injusticia y con frecuencia sufre el bueno, prospera el malo y apenas se sabe qué es lo que más enfurece de todo esto; pero si vamos a tener justicia en todo el universo, es necesario suponer que tendremos una vida futura, como compensación por nuestra vida en la tierra.

Por lo tanto, dicen que “hay que haber un Dios” y que tiene que haber un cielo y un infierno con el fin de que a largo plazo, haya justicia. Ese es un argumento muy curioso. Si vemos el asunto desde el punto científico, se diría: «Después de todo, yo sólo conozco este mundo. No conozco el resto del universo, pero, basándome en probabilidades, puedo decir que este mundo es un buen ejemplo, y que si hay injusticia aquí, lo probable es que también haya injusticia en otra parte».

Supongamos que se tiene un cajón de naranjas, y al abrirlas la capa superior resulta mala; uno no dice: «Las de abajo estarán buenas en compensación.» Se diría: “Probablemente todas son malas”; y eso es realmente lo que una persona científica diría del universo. Diría así: «En este mundo hay gran cantidad de injusticia y esto es una razón para suponer que la justicia no rige el mundo; y en este caso proporciona argumentos morales contra la deidad, no en su favor.»

Reconozco que los argumentos intelectuales de que he hablado no son realmente los que mueven a las paersonas. Lo que realmente hace que las personas crean en Dios, no son los argumentos intelectuales.

La mayoría cree en Dios porque les han enseñado a creer desde su infancia, y esa es la razón principal. Pero creo que la razón más poderosa e inmediata después de ésta es el deseo de seguridad, la sensación de que hay un hermano mayor que cuidará de uno. Esto desempeña un papel muy profundo en provocar el deseo de creer en Dios.

El carácter de Cristo

Ahora tengo que decir algunas palabras sobre un asunto que creo que no ha sido suficientemente tratado por los racionalistas,y esta es la cuestión de que “si Cristo era el mejor y el más sabio de los hombres”. Generalmente, se da por sentado que todos debemos estar de acuerdo en que era así. “Yo no lo estoy”. Hay muchos puntos en que estoy de acuerdo con Cristo, muchos más de que están los Cristianos profesos.

No sé si podría seguir todo el camino con Cristo, pero iría con Él mucho más lejos de lo que irían la mayoría de los Cristianos profesos. Recuerden que dijo: «Yo, empero, os digo, que no hagáis resistencia al agravio; antes, si alguno te hiriese en la mejilla derecha, vuelve también la otra.» Este no es un concepto ni un principio nuevo. Lo usaron Lao-Tsé y Buda quinientos o seiscientos años antes de Cristo, pero este principio no lo aceptan los Cristianos. No dudo que el actual primer ministro (o presidente) por ejemplo, sea un Cristiano muy sincero, pero no les aconsejo que vayan a abofetearlo. Creo que hallarían que él pensaba que el texto tenía un sentido figurativo.

Luego, hay otro punto que considero excelente. Cristo dijo: «No juzguéis a los demás si no queréis ser juzgados.» Ese principio creo que no se hallaría en los tribunales de los países Cristianos. Yo he conocido en mi tiempo muchos jueces que eran Cristianos sinceros, y ninguno de ellos creía que actuaba en contra de los principios Cristianos haciendo lo que hacen.

Luego Cristo dice: «Al que te pide, dale: y no le tuerzas el rostro al que pretenda de ti algún préstamo.» Ese es un principio muy bueno. El moderador nos dijo que no estamos aquí para hablar de política, pero observo que durante las últimas elecciones generales se disputaron en torno a lo deseable que era torcer el rostro al que pudiera pedirnos un préstamo, de modo que hay que suponer que los liberales y los conservadores de este país son personas que no están de acuerdo con las enseñanzas de Cristo, porque, en dicha ocasión, se apartaron definitivamente de ellas.

Luego, hay otra máxima de Cristo que yo considero muy valiosa, pero que no es muy popular entre algunos de nuestros amigos Cristianos. Él dijo: «Si quieres ser perfecto, anda y vende cuanto tienes y dáselo a los pobres.» Es una máxima excelente, pero, como dije, no se practica mucho. Considero que todas estas máximas son buenas, aunque un poco difíciles de practicarse. Yo no profeso practicarlas; por que después de todo, no soy un Cristiano.

Defectos en las enseñanzas de Cristo

Concediendo la excelencia de estas máximas, llego a ciertos puntos en los cuales no creo que uno pueda ver la superlativa virtud ni la superlativa bondad de Cristo, como pintan los Evangelios; y aquí puedo decir que no se trata de la cuestión histórica. Históricamente, es muy dudoso el que Cristo existiera, y, si existió, no sabemos nada acerca de Él, por lo cual no me ocupo de la cuestión histórica que es muy difícil. Me ocupo de Cristo tal como aparece en los Evangelios, aceptando la narración como es, y allí hay cosas que no parecen muy sabias.

Una de ellas es que Cristo pensaba que Su segunda venida se produciría, en medio de nubes de gloria, antes que la muerte de la gente que vivía en aquella época. Hay muchos textos que comprueban eso. Dice, por ejemplo: «No acabaréis de pasar por las ciudades de Israel antes que venga el Hijo del hombre.» Luego dice: «En verdad os digo que hay aquí algunos que no han de morir antes que vean al Hijo del hombre aparecer en el esplendor de su reino»; y hay muchos lugares donde está muy claro que Él creía que su segundo advenimiento ocurriría durante la vida de muchos que vivían entonces.

Tal fue la creencia de sus primeros discípulos, y fue la base de una gran parte de su enseñanza moral. Cuando dijo: «No andéis, pues, acongojados por el día de mañana» y cosas semejantes, lo hizo en gran parte porque creía que su segunda venida iba a ser muy pronto, y que los asuntos mundanos ordinarios carecían de importancia.

He conocido a algunos Cristianos que creían que la segunda venida era inminente. Conocí a un sacerdote que aterró a su congregación diciendo que la segunda venida era inminente, pero todos se quedaron consolados al ver que estaba plantando árboles en su jardín. Los primeros Cristianos lo creían verdaderamente y se abstuvieron de cosas como plantar árboles en sus jardines, porque aceptaron de Cristo la creencia de que la segunda venida era inminente. En tal respecto, evidentemente, no era tan sabio como han sido otros, y desde luego, no fue superlativamente sabio.

El problema moral

Luego, se llega a las cuestiones morales. Para mí, hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. Yo no creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno. Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno y uno encuentra repetidamente una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de una excelencia superlativa.

No se halla, por ejemplo, esa actitud con Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a los que no estaba de acuerdo con él.

En los Evangelios, Cristo dijo: «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno?» Se lo decía a la gente que no escuchaba sus sermones. A mi entender este no es realmente el mejor tono, y hay muchas cosas como éstas acerca del infierno. Está, el conocido texto acerca del pecado contra el Espíritu Santo: «Pero quien hablase contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra». Ese texto ha causado una gran cantidad de miseria en el mundo, pues las más diversas personas han imaginado que han cometido pecados contra el Espíritu Santo y pensado que no serían perdonadas en este mundo ni en el otro. No creo que ninguna persona un poco misericordiosa ponga en el mundo miedos y terrores de esta clase.

Luego, Cristo dice: «Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes.» Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia.

Luego, todos recuerdan, lo de las ovejas y los cabritos; cómo, en la segunda venida, para separar a las ovejas y a los cabritos dirá a éstos: «Apartaos de mi, malditos: id al fuego eterno.» Y continúa: «Y éstos irán al fuego eterno.» Luego, dice de nuevo: «Y si es tu mano derecha la que te sirve de escándalo o te incita a pecar, córtala y tírala lejos de ti; pues mejor te está que perezca uno de tus miembros, que no el que vaya todo tu cuerpo al infierno, al fuego que no se extingue jamás.» Esto lo repite una y otra vez.

Debo declarar que esta doctrina, donde el fuego del infierno es un castigo del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que llevó la crueldad al mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura; y el Cristo de los Evangelios, si se le acepta tal como lo representan sus cronistas, tiene que ser considerado en parte responsable de eso.

Hay otras cosas de menor importancia. Está el ejemplo de los puercos de Gadar, donde ciertamente no fue muy compasivo para los puercos el meter diablos en sus cuerpos y precipitarlos colina abajo hasta el mar. Hay que recordar que si de veras era omnipotente, simplemente pudo hacer que los demonios se fueran; pero eligió meterlos en los cuerpos de los cerdos.

Luego está la curiosa historia de la higuera, que siempre me ha intrigado. Recuerdan lo que ocurrió con la higuera. «Tuvo hambre. Y como viese a lo lejos una higuera con hojas, encaminóse allá por ver si encontraba en ella alguna cosa: y llegando, nada encontró sino follaje; porque no era aún tiempo de higos; y hablando a la higuera le dijo: “Nunca jamás coma ya nadie fruto de ti”… y Pedro… le dijo: “Maestro, mira cómo la higuera que maldijiste se ha secado.”» Una historia muy curiosa, porque aquella no era la época de los higos, y en realidad, no se puede culpar al árbol.

No pienso que ni en virtud, ni en sabiduría, Cristo esté a la altura de otros personajes históricos. En estas cosas, pongo a Buda y a Sócrates por encima de Él.

https://www.guatemalachronicle.com

 

 

Comparte:

More Stories From Opinión