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July 22, 2017

Guatemalteco Deportado Y Su Historia


Guatemalteco Deportado

Guatemalteco Deportado == Guillermo Mendoza murió una madrugada fría de Diciembre 2016, tirado sobre la banqueta frente al Palacio de la Cultura en la Ciudad de Guatemala. Tenía 45 años de edad.

Mendoza murió como había vivido la mayor parte de su vida, consumido por una perpetua soledad y un trastorno espiritual destructivo, resultados de un hogar de infancia y adolescencia donde reinó siempre el contraste de un abuso físico y mental de su padre con el amor sin limites de su madre, una mujer sufrida desde el primer día de su boda.



INVESTIGACIÓN © Cosme Francisco Caal PhD. University of California, Santa Barbara. – Guatemala Chronicle, Mayo 06, 2017
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Durante sus últimos meses, días, y horas de vida en este mundo, Guillermo Mendoza se encontró más perdido que nunca, vencido y humillado, con mucho más temor del que sintió de niño.

El ultimo año de su vida luchó por poder abrirse camino nuevamente, más allá de los confines de las fronteras nacionales, hacia el tanto caminado rumbo al norte, a la tierra que lo vio convertirse en un hombre, aquella sociedad que le había proveído una vida que nunca conoció en su natal Guatemala, una sociedad que entendía como suya, pero que al final lo había escupido con un desprecio amargo, alimentado por un creciente sentimiento racista anti-inmigrante que cada día crece más en los Estados Unidos.

Su tierra natal había cambiado tanto que Guillermo Mendoza se sentía más foráneo en ella que en los Estados Unidos. La gente era mucha más y mucha más diversa que cuando partió dos décadas y medio antes. La gente de la colonia donde nació ya era otra, y solo reconoció a sus primos y sus tíos quienes todavía vivían allí.

La gente lo pasaba en la calle sin dar señas de conocerlo o importarle su presencia. Cada vez que fue a buscar a sus viejos amigos le decían que habían partido al norte, que se habían mudado saber a donde, o que no sabían de quien él les hablaba.

Su repentina aparición en Guatemala lo estremeció tanto que los primeros días se la paso preguntando por sus amigos y buscándolos de casa en casa, tratando así de encontrar un compás emocional y espiritual para no perder el quicio. Le fue claro desde los primeros días que llego a la casa donde viven su madre, su hermana y sus sobrinos, que él no era bienvenido completamente.

Al principio su familia estaba sorprendida y feliz de verlo repentinamente después de tantos años. Pero pronto se formaron una idea de su carácter y empezaron a distanciarse para esquivar problemas. Pronto los contrastes culturales entre Guillermo y su familia fueron tan sólidos como las nubes blancas y el cielo azul de la capital.

Para él su familia y la gente de la ciudad habían quedado en un estanque perpetuo, donde todo seguía igual y la gente se conformaba a vivir en la miseria y la pobreza. Para su familia Guillermo carecía de toda empatia, era egoísta, tenia problemas con el alcohol, y no respetaba la opinión ajena.

Desde los primeros días empezó a reclamar que porqué no componían la puerta de madera del baño, que cómo era posible que no compusieran la bomba de agua del inodoro, que cómo era posible que echaran agua con cubeta en sus heces en vez de componer el inodoro, que porqué no podían invertir en pintura para cambiar la fachada de la casa, que porqué no ayudaban los niños con los oficios de la casa.

Duró menos de una semana a su llegada para tener problemas con su hermana, acusándola de tener un marido “medio hombre”, porque los hombres verdaderos se ocupan arreglando y componiendo todo lo que se descompone en un hogar. A sus sobrinos los empezó a hostigar con el que hacer de la casa, obligándolos a barrer, a trapear, a llenar la pila de agua, en vez que su madre lo hiciera. Hacia ya siete años que la hermana mayor de Guillermo Mendoza había muerto, dejando sus cuatro hijos al cuidado de su madre y su otra hermana.

Al no poder soportar el encierro que sentía en la casa, Guillermo empezó a deambular por la ciudad, tratando de entender como era posible que había terminado de vuelto en Guatemala, sin dinero, sin profesión, sin amigos, sin familia ni hogar propio.

Sus primos y sus tíos, uno que otro amigo que lo reconoció lo habían estrechado de brazos y lo habían invitado a un almuerzo o un desayuno, pero le era claro a Guillermo que la gente lo guardaba a una distancia discreta, con una desconfianza sutilmente palpable, y aunque no lo aceptaba abiertamente, le dolía en lo más profundo de su duro corazón.

Era un extraño en su colonia, un don nadie en su ciudad natal, y ante si mismo, un fracaso. Guillermo se había entrenado como electricista industrial en el estado de Maryland, a pesar de haber vivido como indocumentado veinticuatro años, ganando un sueldo cómodo los últimos quince años. En Guatemala un primo le pudo conseguir un trabajo muy parecido, pero que solo pagaba cien quetzales al día.

No pudo aguantar una risa burlona cuando su primo le comento sobre el trabajo y el pago. Rehusó a rebajarse y no se presentó a trabajar. Guillermo había decidido que no pasaría mucho tiempo en Guatemala y que iba a regresar a Maryland. Pero pronto tuvo que doblegarse ante la necesidad de trabajar en Guatemala.

Cuando solo le quedaban quinientos dólares a su nombre, Guillermo tuvo que tragarse su orgullo y empezar a trabajar con su primo, en uno de los varios edificios de lujo que se levantaban ruta a El Salvador. Guillermo se unió a los cientos de miles de sus compatriotas que salen a buscar el pan de cada día.

Como pasajero en la moto de su primo, muchas veces de goma, que se curaba tomando sorbos de cerveza tibia que lograba esconder en su estante de herramientas. Ya su primo le había hablado sobre este hábito, el cual les podría costar el empleo a los dos. Pero Guillermo en realidad no podía ya dejar de beber en las tardes, era un habito de años, formado en la sociedad gringa donde tomar cerveza es tan común como tomar limonada o gaseosa.

Él decidió ignorar que beber tan habitualmente es calificado como un vicio en Guatemala, poco perdonado ya que destruye muchas vidas, y entristece a miles de familias cada año. “Es un habito normal” le dijo Guillermo a su primo aquella vez. Pero el primo, severo y decidido le respondió “mira voz, aquí estas en Guate, y aquí ya tenés fama de bolo. Agarrá la onda porque si no ya no podrás chambear conmigo”.

Guillermo Mendoza, leal a su carácter arrebatado y a su costumbre/vicio del alcohol decidió darle una lección a su primo y ya no se presentó a trabajar. Se dejó llevar por el rumbo de la cerveza en oferta, y la seducción de los incontables prostíbulos de la ciudad.

No tenía miedo de caminar desde la zona 1 hasta Chináutla a altas horas de la noche, y a veces la madrugada. Solo en esas horas repletas de peligro y violencia en una zona marcada por la muerte, ahogado en la embriagues encontraba él la paz y sosiego que se le escapaban en la sobriedad y bajo la luz del día. Esa era la hora apropiada para encontrar un sorbito de violencia y una riña donde pudiera sacar la ira y el odio que gobernaba su corazón. Y varia veces lo encontró.

A costo de la angustia de su madre, y la preocupación de sus primos y tíos, Guillermo empezó a caminar ese camino peligroso y desolado del cual muy pocos regresan en una Guatemala doblegada por la violencia y la muerte impune.

Fue en esos días que nos volvimos a ver después de dos décadas y media de no saber el uno del otro. Supo que yo andaba por Guatemala y que estaba viviendo en Chináutla. No sabia exactamente donde porque mi familia no cuenta donde vivo cuando estoy en Guatemala. Un miércoles por la tarde mi vecina tocó a mi puerta con la noticia. “Disculpe que lo moleste. Se que a esta hora usted está ocupado pero es que hay un señor allá abajo que dice que lo conoce y que quiere hablar con usted.”

Mi reacción facial le hizo continuar a mi vecina. “Usted me dijo que negara que usted vive aquí, pero es que él dice conocer a su mamá, y sabe su nombre”.

En esos días me encontraba yo dándole mis últimos toques a mi tesis de doctorado y escribiendo artículos en ingles sobre la corrupción e impunidad dentro del gobierno de Guatemala, semanas antes que aprendieran a Mano Dura y su vicepresidenta. Ahora pareciera siglos atrás aquellos días que vivíamos en Guatemala con temor a represalias del gobierno corrupto y vengativo. Aunque mis artículos eran en ingles, vivía yo en una paranoia saludable que me permitía vivir con la paz interna necesaria para escribir con claridad y valor.

Decidí salir a ver quien era. Me dominó la curiosidad puesto que nadie me busca en Chináutla y no había razón alguna para que alguien me buscara por mi nombre. Abrí la ventana, y allí estaba Guillermo Mendoza, con aquella sonrisa burlona y parecida, con los ojos color miel atentos e inteligentes. “Puta vos, que difícil es dar con vos. Bien que te has cuidado todos estos años” me dijo y no pude resistir darle un abrazo.

Lo primero que hicimos fue comprar cerveza de lata y sentarnos a beber en un parquecito que está en la cima de una montañita en San Julián donde atrás de una iglesia católica. De niños subíamos aquí a volar barriletes, a jugar chamuscas o a probar nuestros primeros cigarrillos. Nos dimos cuenta que los dos apreciamos las vistas altas desde donde nos dejamos llevar por la reflexión y el estimulo físico del alcohol.

Después de unas tres cervezas tacón alto cada uno empezamos a escudriñarnos uno al otro hasta que yo le pregunté: ¿How well did you learn English? Y para mi sorpresa lo había aprendido muy bien, con un acento que lo delataba que lo había aprendido ya como adulto, pero con un vocabulario extenso y una conjugación clara. Y él, con un orgullo que nunca esperé de él, me dijo después de un buen rato de conversación: You sound like a gringo. It’s a trip!

Y así empezó nuestra corta amistad de hombres nómadas, simultáneamente marcados por la estirpe Guatemalteca y por el carácter individual de cada uno. Esa misma tarde, ya entrado en las cervezas me contó que el alcohol había sido la razón de su deportación.

Después de golpear a un primo con quien había vivido por años se habría ido a un club a desahogarse y terminó peleando con los empleados de seguridad quienes le tendieron una trampa: lo retaron a salir al estacionamiento del club para “pelear como hombre”, previamente llamando a la policía.

Al caer en la trampa, la policía de Maryland lo arrestó por desorden público, y por asalto agravado. “Mira vos, yo nunca había sentido discriminación. Siempre discutía con la mara, diciéndoles que estaban paranoicos porque para mi la jura siempre fue justa, hasta cuando hacia muladas en la calle. Pero esa noche los juras me trabaron”.

Esa misma noche de sábado la policía local de Maryland lo entregaron a los agentes de migración, quienes hacen sus rondas en las cárceles de los condados contiguos a Washington D.C. buscando indocumentados arrestados.

“Los del ICE me dijeron que los del club levantaron cargos contra mi por asalto, me entregarían a un juez quien me encerraría en una cárcel del estado hasta ir a juicio que podrían tardar hasta tres meses. O firmaba mi deportación en ese momento y en menos de dos días estaría libre en Guatemala” me explicó Guillermo.

Le tomó otro par de días para entender que había tenido el derecho de pedir un abogado y que el abogado le asegurara que era cierto lo de la prisión del estado. Nadie quiere estar jalado en una prisión estatal en los Estados Unidos esperando un juicio en su contra. La policía amenaza de esta forma a mucha gente aunque la mayoría puede pedir una audiencia con un juez y esperar en una cárcel local, usualmente donde ha sido arrestado.

Pero igual vos, yo sabia que ya no me soltarían. Habíamos como cincuenta chapines en esa cárcel, escogidos por la migra. Todos nos íbamos a venir. Y yo que siempre me creí mas que los inditos, allí estaba con muchos de ellos y me di cuenta que yo era bien mula. La cagué. Ni siquiera pude arreglar mis papeles en todos esos años”.

En menos de cuarenta y ocho horas Guillermo Mendoza estaba en el aeropuerto La Aurora. No le llamó a nadie ni le contó a nadie de su tragedia. Simplemente espero ser tramitado por las autoridades Guatemaltecas y empezó a caminar desde el aeropuerto a Chináutla, cautivado por los cambios radicales de la ciudad.

Con una mochila de polyester de gimnasio, quinientos dólares en efectivo que cargaba a la hora de su arresto, y la ropa que tenia puesta, estaba de vuelta en la ciudad que lo vio nacer.

Fue la segunda vez que nos fuimos a tomar cerveza y platicar al cerrito de San Julián que me di cuenta que Guillermo tenia problemas de alcoholismo. De las tantas formas que se manifiesta esta condición espiritual y física, a él le daba por buscar pleito con la gente por la calle.

Esa tarde de martes nos fuimos de costumbre a comprar cerveza y nos sentamos en una banca de cemento. Yo me sentía seguro allí porque al costado de la iglesia, como a unos cien metros está un destacamento del ejercito, que mantiene una relativa calma en contra de los constantes asesinatos de extorsión y entre pandillas rivales que se desatan de vez en cuando.

Con un par de cervezas en su cuerpo, Guillermo desataba diatribas de cómo Guatemala no superaba, de el porque de la basura por todos lados, de porque tantos hijos desnutridos, del porque yo vivía en Guate pudiendo vivir en cualquier parte del mundo. “I don’t get you. Si yo fuera vos, yo estuviera haciendo plata en el norte. I’d never come here. Me la pasara el resto de mi vida explorando ese inmenso país”.

La triste ironía de la que Guillermo no se percataba era que esa misma libertad que yo gozaba era la que me permitía vivir bajo mis propios términos. Vivo en Guatemala porque amo mi tierra natal, aun cuando gringolandia me ha dado oportunidades negadas a millones de indígenas. Veía yo en él el desgaste espiritual que yo sentía después de tantos años viviendo en aquella nación mítica. Aunque mí vida ha sido relativamente cómoda, pudiendo estudiar desde la primaria hasta el doctorado sin interrupción, trabajando y viajando profesionalmente, yo había evidenciado los cambios radicales de “allá” , donde decenas de millones de familias encaran diariamente el reto casi insuperable de poder hacer vida no, solo para inmigrantes sino para crecientemente la mayoría.

Maybe deportation was a blessing for you Guille” le dije en un momento de revelación. “Maybe you are supposed to start all over here in the motherland” me permití retarlo pero no fue para bueno. Se molestó y empezó de nuevo a preguntar cómo y a quién le gustaría vivir en un país tan pobre, tan ignorante, y tan sucio. “Ya estoy para vergazos” me dijo y yo me asusté. En un momento de lucidez recordé un truco que mis tíos paternos me enseñaron para lidiar con un bolo peleonero. “Caminemos vos”, le dije en un tono de cariño pero serio. “Let’s go smoke a joint” le ofrecí, sabiendo que él tenia uno o dos. Lo había olido en él antes. Su semblante cambió y en ese mismo instante se le olvido la cólera.

Pero por mala pata justo cuando bajábamos del cerrito, caminaban por allí unos duros de San Julián. De los cinco dos se nos quedaron viendo con una mirada cautelosa y retadora en parte porque uno de ellos me reconoció. Nos habíamos conocido cuando yo hice una etnografía sobre la industria de tuc-tuc en Chináutla. Aunque el chavo me daba un poco de temor habíamos llegado a conocernos un poco porque a él le gustó el jazz que escucho en mi teléfono una tarde que me lo presentaron como dueño de tuc-tucs. Al pasar junto a ellos Guille los retó, preguntando que qué le miraban.

Sentí que esos eran los últimos momentos de mí vida. Sabía que dos chavos del grupo eran conocidos matones en Chináutla. En mi desesperación por detener a Guillermo, le dije “let’s go brother. This is no fucking way to die today”. A lo que me respondió “aquí se mueren los cobardes”. Entonces el joven que me conocía me dijo “chino llevártelo. Después casaqueamos. Creo que ya encontramos maestro de ingles. Pero llevártelo. Te regalo este paso porque sos buena onda”. Desde ese momento supe que Guillermo tendría sus días contados en Guatemala. Y yo me percaté que debería distanciarme de él porque en realidad no quería morir baleado por un matón.

También pensé que los chavos dedujeron que Guillermo estaba conectado al norte y que tendría dinero que pudiera ser extorsionado. Pero esa noche no lo pude sacudir. Así que fuimos a la casa que yo rentaba y bebimos hasta entrada la noche. Para distraerlo le comenté sobre el tema de tesis, sobre las deportaciones de menores de edad, y de mis pato aventuras en Sur América cuando hice mis estudios de campo en Ecuador, Colombia y Perú. Me decía que se sentía muy orgulloso de saber que un chapín se había superado, pero yo le decía que era en realidad un pasatiempo intelectual. Que mi meta era ser escritor de cuentos. “Vos si que estás loco mano. I don’t get you pero bueno. Echémonos otra” me dijo y bebimos hasta que yo me quedé dormido. No supe a que hora caminó a su casa.

La ultima vez que vi a Guillermo Mendoza fue en el camino viejo a Chináutla vieja. Lo encontré a medio camino, él de regreso hacia Jocotales y yo camino abajo. Eran casi las nueve de la mañana y los dos nos reímos al encontrarnos. Nos dimos cuenta que compartíamos la popular cultura de escalar montañas y buscar soledad.

Le propuse bajar de nuevo porque siempre me he sentido seguro en comunidades indígenas. Te tratan civilizadamente si eres gente. Si no, también te tratan como los tratas. Así que bajamos y empezamos a tomar cerveza de lata y platicar en la plaza central. “Yo si le eché ganas allá vos. Yo aprendí ingles y vos sabes que no es tan fácil para muchos de nosotros. Yo soy electricista. Tenia mi carro y quería comprar una casa. Yo se que la puedo hacer otra vez. Tal vez si me voy para otro estado y dejo el chupe por un tiempo” fue parte de nuestra ultima conversación.

Yo fui sincero con Guillermo y le comenté que quizá era mejor irse a Europa. “Como bilingüe te podés tirar de España a Francia y después a Alemania. Tu mamá me dijo que tu hermano está en Madrid. Y según he escuchado hay mucho trabajo de construcción en Alemania’ le dije, tratando de darle aliento. El hermano de Guillermo fue deportado en el 2005 y tomó rumbo a España.

Todos los vecinos sabían de nuestra presencia y me sentía seguro. También me sentía triste porque Guillermo había dado un giro total en su vida, y volvió al mismo lugar geográfico de su vida, pero con un espíritu derrotado por poderes políticos superior a cualquier individuo.

Platicamos sobre nuestros gustos comunes y nuestras aventuras en la vida. Después de un rato le dije “jalemos para arriba vos. Así se nos pasa un poco el trago y buscamos trama. En realidad no quiero que busqués bronca con la gente aquí. Aquí si no perdonan vos”. Riéndose a carcajadas me dijo “ya sabia que algo así me ibas a decir. Nel. Tranquilo. La mara aquí la respeto desde siempre. Ahora mas que nunca entiendo que hay que respetar a los de corte. Vonós”.

Subimos cuesta arriba percatados que nos veían muchos ojos. Mujeres y jovencitas bajaban de Arimani a Chináutla Vieja con sus cargas de leña, saludándonos seriamente, pero sin temor en sus ojos. Señores de la tercera edad bajaban también con su machete afilado como navajas, y nos saludaban pero con desconfianza en los ojos. Desafiándonos el uno al otro, Guillermo y yo logramos subir en menos de cuarenta minutos.

Él quería seguir bebiendo pero yo quería descansar porque tenia que repasar el material para mi presentación de un diplomado que impartí ese otoño en la San Carlos. Sabía que no lo volvería a ver ese año porque me mudaba para la zona 1. Me sentía mal porque sabia claramente que no era una buena junta. Temía por mi seguridad cuando andaba con él en la capital y era difícil pasar un rato sin beber.

Cuando ignoró mi recomendación de que deberíamos comer y luego descansar y decidió ir a comprar más cervezas, yo logré tomar un Tuc Tuc rumbo a mi departamento. Dos días después vivía yo en la zona 1 y no volvimos a cruzar caminos el resto de tiempo que estuve en Guatemala.

Yo andaba por Denver el año pasado trabajando una campaña de sindicato en el sistema universitario de Colorado cuando supe que Guillermo trató, sin éxito, de cruzar de nuevo a Estados Unidos por la frontera Tijuana/San Diego. Me sentí mal al no poder ayudarlo puesto que sabia que lo deportarían rápidamente. Recuerdo decirle a la persona que me contó “decíle si podés que no intente de nuevo porque lo pueden meter preso por un buen tiempo. Los gringos andan viendo como llenan las cárceles porque ya es negocio redondo”. Era todo lo que podía yo hacer por Guillermo.

Me olvidé de él mientras continuaba trabajando y no volví a saber de él hasta unos días después que murió, cuando contacté a unos de sus primos que vive en Maryland. Buscaba nuevo material para escribir sobre inmigrantes y supe de las comunidades de Guatemaltecos que han proliferado en ese estado. Me he propuesto explorar la realidad de mis compatriotas en el contexto de Trump.

Aunque el sentimiento racista dentro del nuevo gobierno estadounidense son noticias recientes en Guatemala, muchos hemos visto su crecimiento desde adentro en la ultima década. La sociedad que prometía proveer una mejor vida a todos aquellos que trabajaran duro, poco a poco se ha ido transformando en un país de calamidades económicas, corrupción política y violencia sin tregua.

Aunque hay estados progresivos como California, Colorado, Connecticut o New York, el país en general se ha transformado en una sociedad bélica y resentida contra inmigrantes no europeos quienes son usados como chivos expiatorios de los problemas sociales. Un titulo universitario ya no garantiza un trabajo con prestaciones, buen sueldo o estabilidad. Cientos de miles de estadounidenses de todas razas ha regresado a la universidad a obtener maestrías y doctorados para encontrarse con la cruel realidad de que no mejora mucho la probabilidad de encontrar un trabajo digno.

La economía global capitalista de este siglo ha re-configurado la demanda laboral estadounidense, dando paso a la habilidad de exportar trabajos fuera del país a regiones donde la mano de obra es mas barata, sin necesidad de proveer prestaciones o estabilidad a largo plazo. Se ha dado un crecimiento estable de trabajos a medio tiempo, part time, que muchos estadounidenses son obligados a tomar, a veces dos o tres para poder mantenerse a flote. Paralelamente, trabajos en infraestructura como construcción, carpintería, landscaping, o en el sistemas de servicio han proliferado, proveyendo sustento para millones de inmigrantes.

Entonces diferentes brazos de seguridad nacional han sido infiltradas por grupos racistas que han logrado normalizar deportaciones masivas.

Cientos de departamentos policíacos han desarrollado políticas no oficiales de detener presuntos sospechosos para indagar sobre su estatus migratorio. Estos mismos policías se permiten la discreción de llamar al departamento de migración para establecer y dar paso a una orden de deportación.

Bajo la misma presidencia del ex-presidente Obama cientos de miles de Guatemaltecos han sido deportados sin ninguna protección legal en Estados Unidos o en Guatemala. Muchos padres de familia han sido detenidos y deportados mientras sus hijos estaban en la escuela, quienes han sido entregados a los servicios de seguridad social, convirtiéndose de la noche a la mañana en niños huérfanos y desamparados.

Muchos inmigrantes no tienen tiempo para explorar estos cambios sociales y económicos desde un punto de vista científico. Muchos luchan día a día para poder proveer para sus familias en Estados Unidos y poder mandar remesas a sus seres queridos en Guatemala y el resto de Latino América. Aun cuando ganan relativamente sueldos injustos, ganan mucho más dinero de lo que puedan esperar en sus tierras natales. Y es cuando se encuentran deportados, de vuelta en el país que tanto trabajo les costó abandonar, que se encuentran con un infierno que es poco explorado o entendido por el gobierno Guatemalteco.

“This is bullshit man. Yo me siento como un huérfano de país. Aquí el gobierno no hace nada por vos. Ni porque el país se mantiene a flote con tanta remesa. Ahora entiendo la rabia de los que dan guerra contra sus gobiernos” fue una de las ultimas diatribas de Guillermo.

Ahora entre más tiempo vivo en Guatemala y veo los cambios radicales en Estados Unidos me doy cuenta que Guillermo tenía razón, somos huérfanos de país. En el extranjero los industrialistas hacen lo que quieren con los Guatemaltecos, nadie nos ampara, nadie nos ayuda, nadie nos da aliento. Hasta el presidente de Guatemala ha ofrecido a los Guatemaltecos como mano barata para construir el muro entre México y Estados Unidos.

En un curso de sociología de resistencia recuerdo que el profesor propuso que embriagarse y usar otras drogas que alteran el consiente es una forma de rebelarse en contra las injusticias de una sociedad, una revolución interna. Mientras no puedas contribuir a una sociedad que te agobia estas en estado de revolución.

Claro, también propuso que este tipo de revolución no tiene grandes consecuencias sociales ni mucho menos positivas para el individuo. Pero claro está que es una forma de rebelarse contra la injusticia. El mismo Asturias alguna vez declaró que “en Guatemala solo se puede vivir borracho o loco”. Guillermo Mendoza optó por la borrachera. Nunca sabré si lo hizo con ahínco revolucionario o para escapar espiritualmente de Guatemala porque ya no pudo físicamente.

Murió salvajemente, muerto a golpes frente al Palacio Nacional, donde por décadas cientos de miles de Guatemaltecos han llegado a protestar la corrupción e impunidad que nos mantiene de rodillas.

Yo vivo como lo loco, con la peor meta del mundo, querer escribir cuentos cortos y vivir en una Guatemala menos violenta. Todavía salgo del país para poder ganarme unos dolaritos, viajando y asesorando.

De vez en cuando, recuerdo a Guillermo cuando éramos patojos: serio, duro, con unos colochos aceitados con aceite de bebé, perpetuamente aterrado de su padre, jurando que nunca bebería como él, y compartiendo sus planes de viajar a Estados Unidos y ser dueño de una flotilla de camionetas para vivir en los proyectos 4-4, frente al ahora Estadio Cementos Progreso.

http://guatemalachronicle.com/

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