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September 22, 2017

El Hombre del Río Nevado


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Uno de los poemas más famosos de Australia es “El Hombre del Río Nevado” (Man from Snowy River)”. Este poema fue escrito por Banjo Patterson (1864–1941) y no existe niño o adulto australiano, que no pueda repetir algunas líneas de esta obra.

El Hombre del Río Nevado, cuenta la historia de uno de los jinetes legendarios (vaqueros o gauchos), conocidos como “drovers” (arreadores) en Australia, que vivían una vida solitaria durante meses o años en el interior (Outback) del continente, sin contacto con civilización, acarreando ovejas y ganado, o capturando caballos, camellos y búfalo salvaje.



OPINIÓN © J. Russell – Guatemala Chronicle – Julio 15, 2017
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Los “drovers” eran contratados para mover ganado, ovejas o caballos gran distancias, para entregar en puntos de venta, o buscar diferentes pastos durante años de sequía y hambruna para los animales. En muchos casos, el viaje de un punto a otro, podía tomar hasta dos años, ya que todo el ganado y las ovejas eran salvaje.

Otros pasaban años cazando conejos, que eran unas plagas en todo el continente, y el gobierno de Australia les pagaba una recompensa en efectivo por cada par de orejas de conejos que presentaban para ser pagados.

En este poema, nunca conocemos el nombre del héroe, solo lo conocemos como “El Hombre del Río Nevado”. Mi madre me enseñó este poema cuando era niño viviendo en San Marcos y nunca lo he olvidado. Lo traduje al Español, porque pienso que es un gran cuento. Espero que lo disfruten;

El Hombre del Río Nevado

Hubo movimiento en la hacienda, porque había salido el llamado
Que el potro de la finca se había escapado.
Se había ido con los caballos salvajes - valía mil libras esterlinas.
Así que todos los jinetes destacados se habían reunido para la búsqueda.
Todos probados y confiables de las fincas más cercanas y lejanas.
Se habían reunido frente a la casona de la hacienda durante la noche,
Estos jinetes amaban montar a caballo y arrear a los caballos salvajes,
Por los bufidos de los caballos que montaban, estaban listos para cabalgar.

Allí estaba Harrison, que hizo su fortuna cuando Perdón ganó la copa,
Un anciano de pelo blanco como la nieve;
Pocos podían montar como él, cuando se le subía la sangre,
Iba donde otros caballos y hombres jamás irían.
Clancy había llegado del norte para echarles una mano,
No existía mejor jinete que cogía riendas;
Jamás un caballo podría arrojarlo, mientras los estribos lo aguantaban,
Aprendió a montar, arriando ganado en las llanuras.

Pero había uno que estaba allí, un patojo montado sobre una bestia pequeña y flaca,
Algo así como un caballo de carreras, pero pequeño,
Tenía un toque de poni de Timor –unas tres partes de sangre pura -
Apreciados por los jinetes de montaña.
Era duro, resistente y nervioso – del tipo que nunca se deja vencer -
Su rápida e impaciente pisada, mostraba coraje.
Llevaba la mirada de temerario en su ojo encandilado y ardiente,
Portaba su cabeza de manera elevada, mostraba orgullo.

Por ser tan pequeño y flaco, parecía no aguantar,
Y el anciano le dijo: 'Ese caballo no sirve, hijo,
Para un galope tan largo y agotador, será mejor que te quedes,
Esas colinas son demasiado duras, para alguien como tú.
Así que se apartó, todo triste y melancólico - sólo Clancy apoyó a su amigo -
-Creo que deberíamos dejarlo venir -dijo-.
-Le aseguro que estará con nosotros hasta el fin,
Tanto su caballo como él, son de la montaña.

Él es del Río Nevado, allá por el lado de Kosciusko (montaña),
Donde las colinas son dos veces más empinadas y dos veces más escabrosos,
Donde las pezuñas de un caballo le sacan fuego a las piedras con cada paso,
Un hombre que aguanta eso, es lo suficientemente bueno.
Y estos jinetes viven en las montañas del Río Nevado,
Donde el río corre entre esas gigantescas colinas;
He visto a muchos jinetes desde que empecé a vagar,
Pero en ningún lugar he visto a jinetes como estos.

Así que el joven se fue con ellos - encontraron los caballos en la gran maleza de mimosa -
Cabalgaron hacia la cima de la montaña a toda velocidad,
El anciano dio sus órdenes, "Muchachos, vayan hasta el cima,
No hay porqué montar con lujo a caballo ahora.
Y, Clancy, tienes que rondarlos, trata de girarlos hacia la derecha.
Monta con valentía muchacho, y no temas las caídas,
Porque aún no hay jinete que pude mantener la manada a la vista,
Si logran el refugio de esas colinas.

Así que Clancy salió a rondarlos – corría en su caballo en la ala
Donde los mejores y más audaces jinetes tomaban su lugar,
Corrió su caballo montés por delante de ellos, e hizo sonar las colinas
Con el sonido de su látigo, hasta que los encontró, cara a cara.
Se detuvieron por un momento, mientras Clancy agitaba su temido látigo,
Pero la manada vio su amada montaña más adelante,
Y cargaron furiosamente bajo el látigo en repentina carrera, hacia los matorrales
Y volaron hacia la seguridad de la montaña.

Los jinetes rápidos los siguieron por los barrancos profundos y negros que,
Resonaban al trueno de los caballos,
Y los látigos despertaron los ecos, que respondían ferozmente
Desde los acantilados y riscos que recorrían hacia las alturas.
Hacia arriba, siempre hacia arriba, los caballos salvajes seguían su camino,
Donde los fresnos de montaña crecen anchos;
El anciano murmuró ferozmente: -Perderemos la manada este día,
Nadie puede retenerlos si llegan al otro lado-.

Cuando llegaron a la cumbre de la montaña, hasta Clancy se detuvo,
Podría hacer que los más audaces contengan el aliento,
El matorral salvaje era denso y el suelo oculto estaba lleno
De agujeros de conejos y cualquier resbalón era muerte segura.
Pero el hombre de Río Nevado dejó que su poni lo guiara,
Y con un latigazo y un grito de alegría,
Se lanzó de la cima de la montaña como un torrente en un lecho de río,
Mientras los otros se quedaron paralizados y atónitos del temor.

Las piedras volaban por todos lados, pero el poni se mantuvo en pie,
Saltaba los árboles y troncos caídos en su paso,
El hombre de Río Nevada nunca se movió en su sillín -
Fue grandioso ver montar a caballo a este montañero.
A través de las cortezas y árboles pequeños, sobre el terreno áspero y peligroso,
Bajó por la ladera de manera acelerada,
Y ni una vez jaló la rienda, hasta que aterrizó sano y salvo,
Al fondo de ese terrible descenso.

Había llegado justo entre la manada de caballos salvajes que subían la colina,
Y los vigilantes en la cima de la montaña enmudecidos,
Lo vieron manejar el látigo ferozmente, estaba justo entre ellos todavía,
Mientras corría en su persecución.
Lo perdieron de vista por un momento, detrás de dos barrancos
Pero un último vistazo revelaba sobre una oscura y distante ladera,
los caballos salvajes todavía corriendo,
Con el hombre de Río Nevada, pisando sus talones.

Y solo, los corrió hasta que sus lados estaban blancos con espuma.
Les siguió el camino como un sabueso,
Hasta que se detuvieron acobardados y vencidos, luego los volteó hacia casa,
Y solo y sin ninguna ayuda, los trajo a todos de vuelta.
Pero su poni de montaña, apenas podía levantar un trote,
Sangraba de hombro a cadera, debido a las espuelas;
Pero sus agallas seguías impávidos, y su coraje ardiente,
Porque nunca hubo un caballo de montaña, canalla.

Y allá por Kosciusko, donde las montañas están cubiertas de pino
Entre sus colinas desgarradas y rugosas en lo alto,
Donde el aire es claro como el cristal y el resplandor de las las estrellas es blanca,
A medianoche en el frío y bajo el cielo helado,
Y donde el desborde de los barrancos se balancean,
Donde las brisas y las llanuras onduladas son infinitas,
Hoy día, el hombre del Río Nevada es una leyenda en cada casa,
Y todos los jinetes cuentan la historia de su cabalgado.

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